Mostrando entradas con la etiqueta Devocionales. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Devocionales. Mostrar todas las entradas

¿Qué es la Verdad?

Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. – Juan 14:6.
Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. – Juan 8:32.
Al final de una conversación acerca de la fe y de las diferentes religiones, mi interlocutor concluyó: «¡Lo importante es ser sincero!». Esta afirmación, que parece generosa, en el fondo es equivocada y peligrosa, porque uno puede equivocarse con la mayor sinceridad. Si usted sube sobre una escalera estropeada, puede pensar sinceramente que ella soportará el peso, ¡pero esto no la hará resistente!
Nuestra sinceridad en defender ideas de las que estamos persuadidos ¿hace que ellas sean verdaderas? ¿O habría sólo verdades relativas que cada uno arreglaría a su gusto, para luego creer sinceramente en ellas? ¿No existe la verdad absoluta?
Durante su proceso, Jesús dijo a Pilato que él había venido “para dar testimonio a la verdad”. La respuesta del romano fue: “¿Qué es la verdad?” (Juan 18:37-38). Aún hoy Jesús se presenta como la verdad. Lo que él dice no está relacionado con una religión, una época o una civilización particular. Es la verdad absoluta.
Quizás el lector sea escéptico, porque ninguna religión ha conseguido convencerlo. Jesucristo no nos propone una religión, sino que quiere revelarnos la verdad sobre lo que somos, sobre lo que él mismo es y sobre lo que Dios su Padre es: amor y luz. El amor que le hizo dar su vida en la cruz para salvarnos nos atrae a él, quien desea darse a conocer a cada uno de nosotros como Salvador personal. Jesús es la v

«Lo haré, pero no enseguida»


Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida. – 1 Juan 5:11-12.
El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él. – Juan 3:36.
Al final de una predicación un joven se acercó al predicador y le dijo: –Usted tiene razón, debo convertirme a Jesucristo… Lo haré, pero no enseguida; todavía quiero aprovechar un poco de la vida. El predicador le respondió: –¿Sólo un poco? ¡Qué falta de ambición, querido amigo! ¡Acuda a Jesús y tendrá la vida eterna!
Quizá nuestro lector ha oído el Evangelio, siente el peso de sus pecados, la necesidad de arrepentirse y aceptar el perdón de Dios, pero teme que tal decisión lo comprometa a llevar una vida de ermitaño, triste y sin gozo. Usted se equivoca, o más bien, Satanás, el enemigo de su alma, trata de impedirle, mediante tales pensamientos, acudir a Jesús. Intenta retenerle aturdiéndole con placeres pasajeros que a menudo tienen un sabor amargo; y de aventuras en desilusiones, el tiempo pasa… Deténgase ahora, escuche la voz de su conciencia y la advertencia de Aquel que le dice: “¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?” (Marcos 8:36).
Ante Dios usted está muerto en sus “delitos y pecados” (Efesios 2:1). Crea en el Hijo de Dios, acepte sin tardar la vida eterna, ese don gratuito. Entonces podrá aprovechar “las abundantes riquezas de su gracia” y andar “en vida nueva” (Romanos 6:4).

Un Porvenir Conocido

Agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación.

1 Corintios 1:21.


Respondiendo Jesús, les dijo: Tened fe en Dios.

Marcos 11:22

Un Porvenir Conocido

        Dios dijo a Abraham: “Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu descendencia. Y creyó a Dios” (Génesis 15:5- 6). Esta es la fe: Dios habla y yo creo lo que me dice. La palabra de Dios podía sorprender a Abraham, pero él creyó a Dios. Así es como debemos creer la Palabra de Dios.


       Muchas cosas escapan a nuestra inteligencia limitada, mas creemos lo que Dios nos dice del pasado y del porvenir, de nuestra condición de pecadores que nos cierra el cielo, y del sacrificio de Cristo que nos lo abre.


       Dios dijo a Abraham: “Vete de tu tierra y de tu parentela” (Génesis 12:1). Y Abraham “salió sin saber a dónde iba” (Hebreos 11:8). En esta circunstancia, la fe del patriarca va aún más lejos. No sólo cree lo que Dios dice, sino que confía enteramente en Él. La fe no se preocupa por los medios que Dios empleará. Las dificultades y aun la imposibilidad no la turban. Puede parecer imprudente o ridícula, pero ella confía en Dios y esto es lo que le da la fuerza.


       Creer lo que Dios dice por medio de su Palabra es creer a Dios, y esto da la paz. Creer en Dios es tener confianza en Él en todas las situaciones, es lo que nos permite vivir con serenidad, avanzando hacia un porvenir conocido, el “que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Corintios 2:9).


       ¿Cómo formar parte de “los que le aman” y esperan ese feliz porvenir? Acudiendo sin temor al Dios Salvador, reconociendo que “él nos amó primero” (1 Juan 4:19). 

¡Cuán importante es tener una relación personal con Dios!

Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré;
mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela,
en tierra seca y árida donde no hay aguas.
Salmo 63:1.


«Hablar de Dios y cumplir con un rito religioso no basta. Es necesario tener un encuentro personal con él. ¿Tal experiencia es posible hoy en día? Le aseguro que sí, porque la he vivido. A los 24 años de edad era profesor de filosofía en un colegio de Cambridge (Inglaterra).

Durante la Segunda Guerra Mundial fui llamado por el ejército británico y llevé una Biblia en mi equipaje. Tenía la intención de estudiarla como se hace con un trabajo de filosofía. De hecho, a medida que la leía, descubrí mucho más de lo que esperaba. Fui confrontado con la realidad de Jesucristo. De repente fui consciente de que él está vivo y me ama. No puedo explicar cómo ocurrió esto, pero puedo declarar que este encuentro transformó radicalmente mi vida. Desde entonces no tengo más temores, ¡sino la paz misma en los momentos más difíciles! Mi único deseo fue compartir con las personas a quienes encontraba esta riqueza que descubrí leyendo la Escritura.

Tuve el privilegio de beber de una fuente que, comparada con todas las demás, hace que éstas me parezcan insípidas. Hoy, más de cincuenta años después, sigo teniendo en mi alma esta misma sed de Dios. Sólo Dios puede aplacarla. Y para mí es una inmensa felicidad leer la Palabra de Dios, descubrir en ella a Jesús, mi Salvador, y así aprender a conocerle y amarle cada vez mejor». D. P.